21 julio 2009

Ciudad de callejones

Un recuerdo de la Tacna que se va… que se queda.

Los que se dan una vuelta por la Ciudad Heroica encuentran que las calles del Cercado (como llaman en Lima o Arequipa lo que nosotros sólo llamamos Centro) no son rectas como en las ciudades fundadas por los españoles; es más, ni la misma plaza es un cuadrado. Eso es porque Tacna (como escribiera Fredy Gambettta) “se fue haciendo como la querían sus hijos”, esto es siguiendo los campesinos callejones trazados entre las chacras, que bordeados de cañaverales, vilcas, granados, peras… eran lo característico del valle cuando la ciudad acababa en el barrio Callao, en Alto Lima, en el Ferrocarril, en el río Caramolle y la Alameda Bolognesi y el río Caplina (y mucho antes), y todo el resto era la campiña. En la Tacna de antaño, ciudad y campo estaban mezclados.

Luego los urbanizadores descubrieron la ventaja de la distribución en damero, aunque cuando muy pronto comenzaron a poner sus ojos en los terrenos de cultivo y se lotizaban una a una las chacras, se continuó siguiendo los viejos callejones.

Ya casi no quedan aquellos en los que cuando era niño “recolectaba” las peras y granados que asomaban al paso de la gente. Camino por ellos ahora y me encuentro con paredes no con árboles, también con basura y acaso he de cuidar mis pasos. La ciudad exige más tierra para extenderse y amenaza con cubrir lo que queda de terrenos de cultivo. Sin embargo, por el lado de Natividad, por el Arunta, más arriba del campus de la Universidad Nacional, por Pocollay y río arriba, por Para… aún zigzaguean los callejones entre las chacras, recordándonos que somos de la tierra, que Tacna no sólo es comercial sino también agrícola, y los tiempos que su tierra buena daba de todo para el mantenimiento de una economía frugal pero digna. Regado por el Caplina y el Uchusuma, un valle donde el latifundio nos es extraño, tierra de chacareros campechanos y generosos, independientes y patriotas. En la Tacna de ahora, el cemento, el ladrillo y el asfalto habrán ido reemplazando (como en el resto de las viejas ciudades-huerta) la comunión ancestral de ciudad y campo, pero por donde camina la gente queda la huella.

La Yapa:

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