25 febrero 2011

Eterna soltería



Un relatazo de Jorge Turpo Rivas:

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Como toda leo tenía un genio de mierda. Aprendió a sobrellevar la soledad ganando dinero. Lo que no tuvo en la cama lo consiguió en los negocios. Una cadena de restaurantes en las principales capitales del continente, daban fe de su éxito y justificaban su arrogancia.

La conocí accidentalmente en una mesa de “Los Placeres del Rey”, uno de sus locales más distinguidos. Llegué a cenar con Juan, mi mejor amigo. Él acababa de regresar del extranjero. Lo acompañaba su novia. Una bella arequipeña a la que ayudé a disipar su soledad mientras Juan recorría Europa trabajando para una trasnacional. Poco antes que mi amigo retornara la dejé de ver, espantado de sus celos. Era obsesiva y amante de los escándalos. Esa noche, nos reencontramos sin el menor signo de cariño.

Nos trajeron la carta y cuando aún no decidíamos lo que cenaríamos, un mozo se acercó sin disimulo y le increpó a Juan:

- Señor, el otro día se fue sin cancelar su cuenta, tiene que pagar por favor -

Lo miramos con sorpresa. Fabiola, sonrió como diciendo, qué le pasa a este igualado, mi amor acaba de llegar de Europa.

Justo cuando Juan quiso reaccionar para mandar a la mierda al mozo, ocurrió lo peor. El hombrecito de peinado relamido y terno blanco le clavó una nueva puñalada.

- No me diga que no se acuerda, vino con la señorita – calló un instante y sentenció -: No, no era ella, era otra.

Fabiola se paró, tiró la servilleta y encaró a Juan.

- Así que recién llegaste-.

- Espera Fabi, lo están confundiendo – hablé por él.

- Estúpido, encima lo encumbres – me dejó callado.

Esa noche pasaron miles de cosas en un minuto. El escándalo fue mayúsculo. Fabiola se alteró tanto que volaron algunos platos. Fue allí cuando apareció la dueña del restaurante con autoridad de madrastra.

Con su mirada logró que Fabiola deje de golpear a Juan.

- Qué sucede, cálmese señorita – fue lo único que dijo.

A Fabiola le rodaban algunas lágrimas por la mejilla. Se sentía engañada, burlada y humillada por lo que ella había provocado.

Juan le explicó a la dueña que el mozo lo había confundido. Sacó su pasaporte y demostró que salió del país hace ocho meses y que ese día recién había regresado. Era imposible que haya estado en ese local hace pocos días.

La mujer volteó la mirada al mozo y este agachó la cabeza. Se comprobó la confusión. La vergüenza de Fabiola competía con la del mozo.

Esa noche cenamos gratis en un apartado que sólo reservaban políticos o empresarios importantes. La digna señora nos distinguió con su presencia por algunos minutos.

- Siento mucho lo ocurrido, mi nombre es…

Juan la interrumpió.

- Usted es doña Rosario Taglioni, sí la conocemos -.

- Yo no tengo el placer de conocerla – agregué con sinceridad.

Sonrió y nos deseó que terminemos la velada sin más problemas. Lo dijo mirando a Fabiola que ya se había calmando y comía con avidez. Sus escenas de celos le abrían el apetito.

***

Pasados los días, en mi labor de periodista, tuve el encargo de escribir una historia sobre algún empresario exitoso. No dudé un instante en escoger mi personaje. Llegué al restaurante del escándalo y me dijeron que la señora Taglioni viajó a Buenos Aires. Regresaría en una semana. Aproveché ese tiempo para conocer a sus amigos, preguntar detalles de su vida. También visité a algunos de sus enemigos. Le guardaban más envidia que odio.

Su vida no estuvo regada de rosas como las que adornan sus restaurantes. Pasó la mayor parte de su infancia de orfanato en orfanato junto a su hermana menor.

En el refugio que las dejaron sus padres les dieron techo, comida, ropa y hasta el apellido extranjero. Vivieron en la calle después de fugar del último orfanato con nombre de obispo.

Forjó sola su riqueza y ayudó a su hermana. Vendió caramelos y no se detuvo hasta figurar entre las diez mujeres más ricas de esta parte del continente.

Cuando al fin pude entrevistarla en Lima, acababa de celebrar sus 48 años de vida. Lo hizo a lo grande en Santiago.

- La pasábamos tan bien cuando éramos pobres –. Me dijo con nostalgia, mientras me mostraba las cuatro páginas que le dedicó la revista Cosas.

- No tenía que soportar estas cojudeces de las fotos, de las luces y los trajes. Éramos mi hermana y yo, punto-.

Se gastó una vida trabajando y ahora disfrutaba lo ganado.

- Tengo 48 años y 35 trabajando, a los 16 ya era contribuyente. Estoy en una edad en que puedo darme lujos como trabajar lunes y martes y por teléfono -.

Entonces vino la inevitable pregunta de su eterna soltería.

- Tengo un hijo que un día vino con la estupidez de preguntarme si mi dinero provenía de la droga. Te haces el huevón o eres sonso. Nunca he probado un pucho ni un trago, le dije-.

La escuchaba encantado tratando de encontrarle algún defecto o una debilidad. Entonces volví sobre el asunto de la soledad. ¿Cómo la sobrelleva? Pregunté.

- Ganando plata. Porque para tener un amor hay que preocuparse por él, regarlo como una planta y lo mío son los negocios, tengo buen ojo y soy muy porfiada, no me doy por vencida-.

Por más que lo intento, no puedo recordar el momento preciso en que me empezó a gustar. Es como si el amor que viví con ella no hubiese conocido la existencia del tiempo.

Su cuerpo tenía una juventud acumulada. No llegaba a ser vieja. Era robusta pero no gorda. En sus ojos se distinguía el brillo de la ambición. Había borrado de su rostro cualquier huella de tristeza, aunque no rebozaba de alegría. Su belleza se resumía en la profundidad de sus ojos negros, sus labios dibujados con delicadeza y sus manos de dedos largos sin pecas en el dorso.

***

Lo suyo siempre fue la carne. “En este país nadie ha comido más carne que yo. Cuando en el primer gobierno de García no había carne, comía asado de vísceras. He comido cualquier carne. Las carnicerías han sido mi fuerte. No olvidaré jamás que por envidia decían que vendía carne de perro. Por eso pienso que para ser empresaria hay que tener cuero de chancho, sino estas perdida.”

No todo fue éxito en los negocios. “Claro que conozco el fracaso”, me contó. Se metió a sembrar uvas en Ica pensando que sería rica y se fui al diablo. “En agricultura siempre me fue pésimo. Es como que la tierra no me quisiera o no quiera trabajar conmigo. Quizá por eso no me he muerto, no quiere ni recibir mi cuerpo”.

Luego vinieron los restaurantes, se cansó de vender carne cruda y la empezó a cocinar. Primero una chicharronería, luego parrilladas al estilo argentino, después llegaron los restaurantes de lujo, donde conoció al ex presidente Fujimori.

- Soy fujimorista. Alberto hizo varias fiestas en mis locales, era un chinito encantador, un ángel. Me da pena que lo tengan preso y esté enfermo.

No me atreví a refutarle su admiración al ex dictador peruano con el único fin de no cortar su hilo narrativo.

Nunca estuvo casada. Se enamoró de un hombre casado cuando tenía veinte. Quedó embaraza y nunca más supo de él. Cuando la conocí, estaba convencida de que el tren del amor la había dejado. Tampoco se preocupó por comprar boleto en todos estos años. “No tengo tiempo para estar cargando con viejos hediondos y tampoco voy a buscar mocosos que sólo buscan mi plata”.

Al poco tiempo, esas palabras, tuvo que tragárselas como un buen asado. Estaba enamorado de ella y no descansaría hasta ser el mejor negocio de su vida.

***

- Qué te ocurre, estas loco – me dijo Juan cuando le comenté mis intensiones.

-¿Loco? Para nada -.

- Te gusta porque huele a plata, huevón. Tienes la edad de su hijo-.

- No importa, me echaré encima una nueva madre. Tiene vida de sobra-. Lo dejé perplejo.

No fue difícil frecuentarla. Me ofreció esa confianza de las amigas de siempre, con las que piensas que nunca tendrás nada. Sólo sus viajes me alejaban de ella.

La mañana que salió publicado el reportaje que escribí sobre su éxito en los negocios, me despertó a las cinco de la mañana. Llamó desde Santiago, no se fijó en la diferencia horaria.

-Así que tengo un genio de mierda- fueron sus primeras palabras.

Yo aún no despertaba del todo.

- ¿Con quién hablo?-. Pregunté exaltado.

- Con tu conciencia – dijo antes de soltar una carcajada.

- Veo que te he despertado – continuó-. Disculpa pero no pude esperar más para agradecerte lo que escribiste de mi, está muy bonito, creo que podrías ser mi biógrafo.

- Gracias – alcancé a decir antes de que me interrumpa.

- No me gustó esa parte de que tengo un genio de mierda como toda leo -.

- Debe ser porque no le gusta que le digan ciertas cosas que son verdad o está acostumbrada a que sólo le digan lo que quiere escuchar-. Respondí. Ella volvió a reír.

***

Una de las noches en que paseábamos por Buenos Aires cogidos de la mano, le pregunté sin reparos qué pensaba hacer con todos sus negocios y la fortuna que había acumulado.

- Lo único que quiero es que mi nieto siga esta novela, porque la mayoría de negocios de éxito se han muerto con los dueños. Yo quiero morir y que esto continúe. Me gustaría que sea como yo-. Me confesó con cierta nostalgia combinada con tristeza.

Fue en el extranjero donde nos enamoramos. Ante los ojos de extraños sentíamos mayor libertad.

Me pagué mi primer pasaje a Santiago. Fue en setiembre, jueves 17, víspera del día de la independencia de Chile. Se vivía un ambiente de fiesta. Las familias alistaban el asado y el vino. Hasta los carabineros mostraban una sonrisa. Parecía una película de Roberto Bellini.

La sorprendí hasta el llanto. No le conocía esos brotes de sentimentalismo. Le pregunté a uno de los mozos si podía conocer a la dueña del restaurante y si por cortesía, ella podía acercarse a mi mesa. A los pocos minutos la tenía al frente.

-¡No puede ser, tu aquí!-.Exclamó mientras recibía una rosa que cuidadosamente saqué del interior de mi saco.

Pensó que iba por trabajo. Le conté que renuncié al periódico y el dinero de mi liquidación me alcanzó con las justas para pagarme el pasaje y un par de noches en un hotel decente.

Esas dos noches la pasé con ella, no en el hotel, en su casa de la zona más exclusiva de la capital chilena. Apartados de todo, pasamos las horas sin pensar en noticias ni negocios. Los siguientes días los dedicamos a pasear por Buenos Aires y Montevideo. Es fácil imaginar quién pagó todo.

-Mira a qué altura de mi vida me vengo a enamorar como una mocosa de quince- me dijo.

- Mejor no sigas porque quizás te arrepientes- .

-Ya es tarde para arrepentirse, sólo me arrepiento de haber desperdiciado tanto tiempo, carajo- escuché mientras me apretaba la mano con toda su fuerza.

Un mes después regresamos a Lima. Me había llegado la invitación al matrimonio de Fabiola y Juan. No sentí el menor entusiasmo, sabía que más tardarían en casarse que en separarse.

En Lima yo no podía quedarme en su casa. Ella me llamaba muy temprano todos los días. Conversábamos un poco y nos veíamos en las tardes hasta bien entrada la noche. El orgullo me hizo ponerme a la larga cola de los que buscan trabajo.

Su última llamada presagiaba algo malo desde que escuché su voz entrecortada. Me pedía que vaya a su casa al instante. Colgó antes que le diga que ese día tenía un par de entrevistas de trabajo. Suspendí todo y decidí ir a buscarla. Cuando llegué la miré desencajada, imaginé que era su eterno repudio que sentía por Lima. “No me gusta esta ciudad de mierda, me da miedo, me siento perseguida como esperando que alguien se me aviente encima en cualquier momento”, me dijo varias veces.

Entré a su habitación. Empezó a llorar y no dejó que la abrace.

-Aléjate, esto ha llegado muy lejos. Cogieron a mi hijo en Brasil llevando coca en las tripas y yo, tirando contigo en Buenos Aires. Quién me devuelve a mi hijo ahora-. Su llanto era desgarrado.

Ésa parte de su vida no la conocía. Su hijo era su tormento. El dinero no le sirvió de nada para alejarlo de los vicios y el juego. Dilapidó las pequeñas fortunas que le fue entregando como adelanto de herencia. Siempre el mismo final. Lo rescataba de alguna Comisaría y lo enviaba al extranjero para que cure su vergüenza.

Jamás quiso ir al psicólogo. Siempre optó por esa variante del psicoanálisis que aplican muy bien los futbolistas peruanos: las discotecas.

Lo habían detenido varios días antes, pero aquella mañana recién le llegó la noticia a ella. Su hijo le dio el único nieto al que adoraba. Durante varios años luchó para quitarle la custodia a la madre del niño, una joven que se alejó espantada de la familia Taglioni por la decadencia del hijo y la amenaza incesante de la suegra. Esa fue la única derrota que le pesaba, no poder tener al nieto a su lado.

- Parto en una hora a Sao Paulo-. Me informó.

- Quiero ir contigo, te podría ayudar y estar a tu lado-.

- Ya tengo bastante con lo de mi hijo para cargar con otro problema-.

No le respondí nada. Tampoco intenté persuadirla. La resolución de sus palabras no dejaba posibilidades para el ruego.

No lloré, estaba seco. Me había contagiado de soledad.

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Vaya cuentito. La chamba hoy fue fácil porque sólo copié y pegué.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues se enamoró de LA ACTITUD de ella, eso suele pasar. La admiración enamora y sucede. Acaso las mujeres no se enamoran del hombre dedicado a su trabajo y a si mismos? Saludos.

Un Oso Rojo dijo...

Uhmm, buen punto.

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