18 julio 2013

La Batalla de Yonkers, fragmento de Guerra Mundial Z, novela de Max Brooks

[Op.Cit.]

A través de internet me he enterado que a la película Guerra Mundial Z, protagonizada por el blondo Brad Pitt, le ha ido lo suficientemente bien en la taquilla para que los rumores de una secuela (implícita en su abiertísimo final) sean fuertes. Es lo que manda en Hollywood, ¿verdad?, la santa taquilla. Y pensar todos los problemas que tuvo para realizarse, incluyendo una reescritura completa del guión en mitad de la filmación.

Siendo que lo mostrado en esta primera parte ha sido (o ha intentado ser) el Gran Pánico (los que han leído la novela me entenderán, y los otros adivinarme), lo que sigue es imaginar cómo lo continuarán, y si esta vez usarán aunque sea un poco más de la historia de Brooks o no. ¿Se abren apuestas?

Yo prefiero abstenerme. En mi post anterior ya había recalcado que los fans de la novela original no debían esperar una adaptación fiel de ella, sino que por el contrario era indispensable ir desprejuiciados a verla para sólo pasar un buen rato con una efectiva cinta de acción, que al menos en eso sí funciona. Sin embargo, uno mismo no puede dejar de echar de menos muchas cosas dejadas fuera, incluyendo algunas que uno (entonces, ingenuo) apostaba irían a escenificar y que al final obviaron olimpícamente. En mi caso (y creo que en el de muchos) esto se llama la Batalla de Yonkers.

¿Y porqué no el inicio de la epidemia en China, o su expansión al centro de Asia, a Sudáfrica o al corazón de Brasil, la historia del reality de famosos en medio del Gran Pánico, o las hambrunas entre los refugiados del extremo norte? ¿O la estafa del Phalanx, o el Plan Redeker o las escaramuzas nucleares entre países (bueno, hay un hongo atómico asomando en la película al menos)? Claro, esos episodios y otros son importantes y a menudo apasionantes, pero Yonkers… Yonkers es Yonkers.

Corre prosa.

DENVER, COLORADO, ESTADOS UNIDOS

[Mi tren vá retrasado. Están probando el puente levadizo occidental. A Todd Wainio no parece importarle el tener que esperarme en la plataforma. Estrecho su mano bajo el Mural de la Victoria, la imagen más representativa de la experiencia norteamericana en la Guerra Mundial Z. Basado originalmente en una fotografía, la obra muestra a un escuadrón de soldados de pié en la orilla del río Hudson que dá hacia Nueva Jersey, dándole la espalda al observador mientras miran el amanecer sobre Manhattan. Mi anfitrión parece pequeño y frágil al lado de esos enormes iconos bidimensionales. Al igual que casi todos los hombres de su generación, Todd Wainio ha envejecido antes de tiempo. Con una panza amplia, pelo escaso y encanecido, y tres cicatrices profundas y paralelas en su mejilla izquierda, es difícil suponer que este soldado retirado del Ejército de los Estados Unidos está aún, al menos cronológicamente, en sus primeros años de vida.]

El cielo estaba rojo ese día. Era por el humo, la basura que había estado llenando el aire durante todo el verano. Todo se veía envuelto en esta luz de color ámbar, era como mirar al mundo a través de unos anteojos del color del infierno. Así ví por primera vez a Yonkers, un pequeño y deprimido suburbio de clase trabajadora al norte de Nueva York. Creo que nadie jamás había escuchado hablar de ese lugar. Al menos yo no, pero ahora es tan famoso como, digamos, Pearl Harbor… no, no Pearl Harbor… eso fue un ataque sorpresa. Lo nuestro fue más parecido a Little Bighorn, porque nosotros… bueno… al menos la gente a cargo sí sabía lo que pasaba, o deberían haberlo sabido. El hecho es que no fue un ataque por sorpresa, la guerra… o la emergencia, o como quieran llamarla… ya había comenzado. Habían pasado, qué, ¿tres meses desde que todo el mundo se había subido al vagón del pánico? Usted recuerda cómo era todo eso, la gente enloqueciendo… tapiando las entradas de sus casas, robando comida, armas, disparándole a todo lo que se movía. Esos seguramente mataron a más gente, todos esos Rambos, y los incendios, y los accidentes de tránsito y toda esa… toda esa mierda que ahora llamamos el “Gran Pánico”; creo que todo eso mató a más gente que Zack.

Supongo que puedo entender por qué los altos mandos creyeron que una gloriosa batalla final era una buena idea. Querían demostrarle a la gente que todavía tenían el control, querían tranquilizarlos para poder lidiar con el problema de verdad. Los entiendo, y como ellos necesitaban darse su publicidad, yo terminé en Yonkers.

En realidad no era un mal lugar para dar pelea. Parte del pueblo quedaba en un pequeño valle, y justo al otro lado de las colinas pasaba el río Hudson. La avenida del arroyo Saw Mill pasaba justo por el centro de nuestra línea principal de defensa, y los refugiados que salían por la autopista estaban guiando a los muertos directo hacia nosotros. Era un cuello de botella natural, y la idea era buena… la única buena idea que tuvieron ese día.

[Todd saca otro “Q,” un cigarrillo hecho con hojas cultivadas en Norteamérica, llamado así porque sólo contiene una cuarta parte de tabaco.]

¿Por qué no nos apostaron en los techos? Había un centro comercial, un par de parqueaderos, grandes edificios con enormes terrazas. Podrían haber puesto un batallón completo sobre la estación del A&P. Habríamos tenido una vista de todo el valle, y habríamos estado completamente seguros del ataque. Había un edificio de apartamentos, como de veinte pisos, creo… cada piso tenía una excelente vista hacia la autopista. ¿Por qué no había un equipo de francotiradores en cada ventana?

¿Sabe dónde nos pusieron? Abajo, en la calle, tras un montón de costales de arena y trincheras. Gastamos tanto tiempo, tantas energías preparando esos puestos de combate. Bien “ocultos y cubiertos,” según nos dijeron. ¿Ocultos y cubiertos? “Cubiertos” se refiere a una protección física, convencional, contra armas personales y artillería, o explosivos lanzados desde el aire. ¿Algo de eso se aplicaba al enemigo que íbamos a enfrentar? ¿Acaso Zack estaba enviando ataques aéreos o bombas incendiarias? ¡¿Y por qué diablos se estaban preocupando por ocultarnos, cuando la idea era hacer que Zack marchara directo hacia nosotros?! ¡Jodidos viejos imbéciles! ¡Todos ellos!

Estoy seguro de que quienquiera que fueran los que estaban a cargo, debían ser los últimos jodidos Fuldas que quedaban, ya sabe, esos generales que pasaron sus mejores años aprendiendo cómo defender a Alemania Occidental contra Iván. Viejos retrógrados y miopes… seguramente tantos años de guerra en Oriente Medio los tenía con rabia. Tenían que ser ellos, porque todo lo que hicimos ese día apestaba a tácticas de defensa de la Guerra Fría. ¿Sabía que hasta trataron de excavar pozos de combate para los tanques? Los ingenieros dinamitaron estos enormes huecos en el parqueadero de la estación del A&P.

¿Tenían tanques?

Viejo, teníamos de todo: tanques, Bradleys, Humvees armados con de todo, desde calibres cincuenta hasta estos nuevos morteros pesados Vasilek. Al menos esos podrían haber servido de algo. Teníamos Humvees Avenger con misiles Stinger tierra-aire instalados encima, teníamos un sistema portátil AVLB para construir un puente flotante, perfecto para el arroyo de diez centímetros de profundidad que corría al lado de la autopista. Teníamos un montón de vehículos XM5 para guerra electrónica llenos de radares y equipo de interferencia… y… ah sí, también teníamos toda una fila de FOLs, letrinas de campaña, instaladas allí en medio de todo. ¿Para qué? Si la presión del agua todavía era constante y había retretes funcionando en cada casa y edificio de aquel barrio. ¡Tantas cosas que no necesitábamos! Toda esa mierda sólo servía para bloquear el tráfico y para verse bonita, y creo que era precisamente para eso que la tenían allá, para que se viera bonita.

Para la prensa.


¡Claro que sí, debía de haber al menos un reportero por cada dos o tres soldados! Estaban en la calle, en camionetas, y no sé en cuántos helicópteros de los noticieros, dando vueltas sobre nosotros… uno pensaría que con tantos helicópteros podrían haber utilizado algunos para rescatar a la gente de Manhattan… por supuesto que todo eso era para la prensa, para mostrarles nuestro poder asesino camuflado de verde… o de café… algunos acababan de regresar del desierto y no habían tenido tiempo de pintarlos. Había tantas cosas que eran sólo para mantener las apariencias, no sólo los vehículos, sino también nosotros. Nos tenían metidos en los MOPP 4, el atuendo protector específico para misiones, unos trajes y máscaras grandes y pesadas que supuestamente nos protegían de ambientes peligrosos y exposición bioquímica.

¿Quizá sus superiores pensaban que el virus se transmitía por el aire?

¿Entonces por qué no protegieron a los reporteros? ¿Por qué nuestros “superiores” no los usaban también, ni nadie más detrás de nuestra línea? Ellos estaban frescos y cómodos metidos en sus UCs mientras nosotros sudábamos bajo capas de caucho, carbón activado, y pesados chalecos antibalas. ¿Y quién fue el genio al que se le ocurrió ponernos chalecos antibalas? ¿Era porque la prensa había dicho no tuvimos suficientes chalecos en la última guerra? ¿De qué diablos sirve un casco cuando se pelea contra un muerto viviente? ¡Son ellos los que necesitan cascos, no nosotros! Y luego estaban todos esos aparatos de red… el sistema de integración de combate Land Warrior. Era toda una serie de artefactos electrónicos que le permitía a cada uno de nosotros conectarse con el resto del equipo, y a los de arriba conectarse directamente con nosotros. A través de tu visor podías descargar mapas, datos de GPS, imágenes de satélite en tiempo real. Podías saber tu localización exacta dentro del campo de batalla, las posiciones de tus compañeros, del enemigo… uno podía ver a través de la videocámara montada en el arma, o la de cualquier compañero, y observar lo que había al otro lado de un arbusto, o doblando una esquina. Land Warrior le permitía a cada soldado tener toda la información de un puesto de mando, y le permitía al puesto de mando controlar todos los soldados como una sola unidad. “Netrocéntrico,” eso era lo que decían los oficiales todo el tiempo frente a la prensa. “Netrocéntrico” e “hiperguerra.” Las palabras se escuchaban bien, pero no servían para un carajo cuando tenías que excavar una trinchera usando el uniforme MOPP completo, chaleco antibalas, el equipo Land Warrior y toda la dotación estándar, todo eso en el día más caliente del verano más caliente que se había registrado. No sé cómo hice para mantenerme en pié hasta que Zack apareció.

Al principio era como un cuentagotas, uno o dos de ellos tambaleándose entre los autos abandonados que bloqueaban la autopista desierta. Al menos los refugiados ya habían sido evacuados. Bueno, esa fue otra cosa que hicieron bien. Escoger un lugar estrecho y evacuar a todos los civiles, buen trabajo. Pero todo lo demás…

Zack comenzó a entrar en la primera zona de fuego, el área designada para los MLRS. No escuché cuando dispararon los misiles porque mi casco ahogó el sonido, pero los ví volar directo hacia el objetivo. Ví como hacían un arco hacia abajo y el fuselaje exterior se abría para soltar esas pequeñas bombas ensartadas en cordones de plástico. Son más o menos del tamaño de una granada de mano, antipersonales, con una limitada capacidad antitanques. Se regaron entre los Gs, detonando tan pronto como golpeaban el suelo o alguno de los autos abandonados. Los tanques de combustible estallaron como pequeños volcanes, géiseres de fuego y chatarra que se sumaron a la “lluvia de acero.” Voy a ser sincero, fue impresionante, la gente gritaba a través de los micrófonos, yo también, viendo a esos zombies tambalearse y caer al suelo. Yo diría que había como treinta, quizá cuarenta o cincuenta a lo largo de aquel kilómetro y medio de carretera. El primer bombardeo eliminó tres cuartas partes de ellos.

¿Sólo tres cuartas partes?

[Todd termina su cigarrillo con una larga y violenta aspirada. Inmediatamente saca otro.]

Ajá, y eso debería habernos preocupado mucho. La “lluvia de acero” golpeó a todos y cada uno de ellos, les destrozó las tripas; había órganos y carne regados por todo el maldito lugar, desprendiéndose de sus cuerpos mientras seguían caminando hacia nosotros… pero impactos en la cabeza… había que destruir el cerebro, no el cuerpo, y en tanto les quede un pensadero completo y algo de movilidad… algunos seguían caminando, otros habían quedado muy mal y se arrastraban. Sí, deberíamos habernos preocupado mucho, pero no había tiempo.

El cuentagotas se había convertido en un arroyo. Más Gs, docenas de ellos, apretujados entre los autos incendiados. Algo curioso sobre Zack… uno se imaginaba que estarían vestidos con sus mejores ropas. Así era como los mostraban en la televisión, sobre todo al principio… Gs con traje de ejecutivo y ropa de trabajo, como una muestra representativa de la Norteamérica de todos los días, sólo que muertos. Así no era como se veían. Casi todos los infectados, los primeros infectados, los de la primera epidemia, murieron en el hospital o en sus camas en casa. Casi todos llevaban esas batas de hospital, o pijamas. Algunos iban en bóxer o ropa interior… o desnudos, muchos tenían todo afuera. Uno podía verles las heridas, las marcas resecas sobre el cuerpo, unos huecos que te daban escalofríos incluso con el calor del uniforme.

La segunda “lluvia de acero” no tuvo ni la mitad del impacto que la primera porque ya no quedaban tanques de combustible en los autos, y todos esos Gs apretujados se cubrían los unos a los otros de una posible herida en la cabeza. Yo no tenía miedo, aún no. Quizá ya no estaba tan firme, pero estaba seguro de que me recuperaría cuando Zack entrara en la zona de fuego de la artillería.

Una vez más, no pude escuchar el fuego de los Paladins en las colinas detrás de nosotros, pero sí ví y escuché cuando las municiones aterrizaron. Eran HE 155 estándar, núcleos explosivos con cubiertas de fragmentación. ¡Hicieron mucho menos daño que los misiles!

¿Por qué?

En primer lugar, no hay efecto de globo. Cuando una bomba estalla cerca de uno, hace que los líquidos del cuerpo comiencen a hervir, literalmente te estalla como un globo. Eso no le pasa a Zack, quizá porque tienen menos fluidos corporales que nosotros, o porque sus fluidos son como gelatina. No sé. Pero no les hizo ni mierda, y tampoco sufren de TNR.

¿Qué es el TNR?

Trauma Nervioso Repentino, creo que así se llama. Es otro de los efectos de las explosiones a corta distancia. El trauma es tan grande a veces, que todos los órganos, el cerebro, todo junto, simplemente se desconectan, como si Dios te apagara el interruptor. Tiene algo que ver con los impulsos eléctricos o algo así. No sé, no soy un maldito doctor.

Pero eso no les sucedió.


¡Ni a uno! Bueno… no me malinterprete… Zack tampoco venía brincando por entre las bombas sin sufrir daño. Vimos cuerpos volando a la mierda, dando vueltas en el aire, partidos en pedazos, algunas cabezas sueltas con ojos y bocas que todavía se movían, volando por el aire como jodidos corchos de champaña… los estábamos acabando, claro, ¡pero no tan rápido ni tantos como necesitábamos!

Ahora parecíamos mirando un río, una inundación de cuerpos, cojeando, gimiendo, pisoteando los restos de sus hermanos mientras avanzaban perezosamente hacia nosotros como una ola en cámara lenta.

La siguiente zona de fuego era la del armamento pesado, los cañones 120 de los tanques y los Bradleys con sus ametralladoras y misiles FOTT. Los Humvees también abrieron fuego, con morteros y misiles y Mark-19s, que son como metralletas pero que disparan granadas. Los Comanches pasaron silbando casi a centímetros sobre nuestras cabezas, con ametralladoras, Hellfires y paquetes de cohetes Hydra.

Era una maldita máquina de moler carne, un aserradero, y una nube de materia orgánica pulverizada flotaba como aserrín sobre la horda. Nada puede sobrevivir a esto, pensé, y por un momento, parecía que tenía razón… hasta que el fuego comenzó a agotarse.

¿Comenzó a agotarse?

Se acabó, no fue suficiente…

[Se queda en silencio por un segundo, y luego, enojado, me mira fijamente.]

Nadie pensó en eso, ¡nadie! ¡Y que no me salgan con cuentos sobre recortes de presupuesto y escasez de suministros! ¡Lo único que escaseó ese día fue el maldito sentido común! A ninguno de esos imbéciles de cuatro estrellas, graduados de la Academia Militar de West Point y con el culo lleno de medallas se le ocurrió decir, “Hey, tenemos un montón de armas impresionantes, ¡¿¡las mandamos con suficiente mierda para disparar!?!” Nadie pensó en cuántas rondas de artillería se necesitarían para mantener las operaciones por varias horas, cuántos misiles para los MLRS, cuántos cilindros de metralla… los tanques tenían estas cosas llamadas cilindros de metralla… imagínese un cartucho de escopeta gigante. Disparaban un montón de bolitas de tungsteno… no eran perfectas, ya sabe, se desperdiciaban como cien bolas por cada G que aniquilaban, pero mierda, ¡al menos servían de algo! Cada Abrams tenía sólo tres de esas, ¡tres! ¡Tres, cuando podían cargar cuarenta! ¡El resto eran municiones estándar de HEAT o SABOT! ¿Usted sabe lo que pasa cuando una “Bala de Plata,” un dardo antiblindaje de uranio empobrecido, golpea un grupo de muertos vivientes? ¡Nada! ¿Sabe lo que se siente ver un tanque de sesenta y tantas toneladas disparándole a una multitud sin ningún jodido efecto? ¡Tres cilindros de metralla! ¿Y dónde estaban las saetas? Esa era el arma de la que más se hablaba en esos días, saetas, paquetes de pequeñas púas de acero que convierten instantáneamente a cualquier arma en una regadera. Hablábamos de ellas como si fueran un invento nuevo, pero las teníamos desde, a ver, desde Corea. Podíamos cargarlas en los cohetes Hydra y en los Mark-19. Sólo imagínese eso, un sólo 19 disparando trescientas cincuenta rondas por minuto, ¡y cada ronda formada por más de cien agujas! Quizá no habría bastado para cambiar las cosas… pero… ¡Maldita sea!

El fuego se agotaba, y Zack seguía llegando… y el miedo… se sentía en todas partes, en las órdenes de los líderes de escuadrón, en las acciones de los tipos a mi alrededor… Esa vocecita en la parte de atrás de tu cabeza que no deja de repetir “Oh mierda, oh mierda.”

Nosotros estábamos en la última línea de defensa, y no habían pensado en nosotros a la hora de repartir armas y municiones. Se suponía que nos tocaría lidiar con uno que otro G que lograra pasar a través de la paliza de las armas pesadas. Se esperaban que cuando mucho, un tercio de nosotros tendría que disparar, y que ni una décima parte de nosotros tendría que matar algo.

Se nos vinieron encima por miles, desbordándose por los rieles laterales de la carretera, por los callejones, alrededor de las casas, a través de ellas… eran tantos, y sus gemidos tan fuertes, que se oían a través de los cascos.

Quitamos los seguros, apuntamos, llegó la orden de disparar… yo era un artillero de una SAW, una ametralladora ligera que se debe disparar en ráfagas cortas y controladas, no más largas de lo que uno tarda en decir “muérete hijo de puta.” La primera ráfaga salió muy baja. Le dí a uno directo en el pecho. Lo ví salir volando hacia atrás, golpear el asfalto, y luego pararse como si nada hubiese pasado. Amigo… cuando ellos se levantan…

[El cigarrillo se ha consumido hasta casi tocar los dedos. Todd lo deja caer y lo pisa sin mirarlo.]

Hice lo que pude para controlar mis ráfagas y mis esfínteres. “Sólo apunta a la cabeza,” me repetía todo el tiempo. “Tranquilízate, sólo apunta a la cabeza.” Y todo el tiempo mi SAW seguía repitiendo “muérete hijo de puta, muérete.”

Podríamos haberlos detenido, debimos hacerlo, sólo hacía falta un tipo con un rifle, ¿eso es todo lo que se necesita, no? Soldados profesionales, francotiradores entrenados… ¿Cómo pudo pasar? Los críticos y un montón generales de escritorio que ni siquiera estuvieron allí siguen preguntándoselo. ¿Creen que es tan simple? ¿Piensan que después de haber sido “entrenados” toda la vida para disparar al centro del cuerpo, vamos a ser capaces de lograr un tiro perfecto a la cabeza así como así? ¿De verdad piensan que es fácil recargar un proveedor o desatascar un arma con esas camisas de fuerza y esos cascos asfixiantes que nos dieron? ¿Creyeron que después de ver las más grandes maravillas de la ciencia militar irse al diablo con toda su tecnología, después de haber vivido los tres meses del Gran Pánico y ver cómo que lo que dábamos por cierto era devorado por un enemigo que ni siquiera se suponía que debía existir, íbamos a mantener la maldita cabeza fría y un puto dedo firme en el gatillo?

[Me señala con el dedo.]

¡Bueno, pues sí lo hicimos! ¡Continuamos allí haciendo nuestro trabajo, e hicimos pagar a Zack por cada maldito centímetro que avanzó! Quizá si hubiésemos tenido más hombres, o más municiones, o si nos hubiesen dejado concentrar en nuestro trabajo…

[Su dedo se retrae de vuelta hacia su mano.]

Land Warrior, el avanzado, costoso, hipermejorado y netroputocéntrico Land Warrior. La cosa ya estaba muy mal con sólo ver lo que teníamos al frente, pero las imágenes de satélite nos estaban mostrando al mismo tiempo lo enorme que era aquella horda. Estábamos frente a miles de ellos, ¡pero detrás venían millones! ¡Recuerde que pretendíamos limpiar la mayor parte de la infestación de Nueva York! ¡Aquella era sólo la cabeza de una larguísima serpiente que se extendía hasta la maldita Times Square! No necesitábamos ver eso. ¡Yo no tenía por qué enterarme de eso! La vocecita asustada ya no era tan pequeña. “¡Oh mierda, OH MIERDA!” Y de pronto ya no estaba sólo en mi cabeza. También la escuchaba en mis audífonos. Cada vez que a algún idiota se le olvidaba controlar su boca, Land Warrior se aseguraba de que todos los demás lo escucháramos. “¡Son demasiados!” “¡Tenemos que salir de aquí!” Alguien de algún otro pelotón, no recuerdo su nombre, comenzó a gritar “¡Le dí en la cabeza y no se murió! ¡No se mueren ni cuando les dan en la cabeza!” Seguramente el tiro no le pegó al cerebro, puede pasar, la bala se tuerce raspando el interior del cráneo… quizá si hubiese mantenido la calma y usado su propio cerebro, se habría dado cuenta de eso. El pánico es un germen más contagioso que el virus Z, y las maravillas del Land Warrior permitieron que ese germen se propagara por el aire. “¿Qué?” “¿No se mueren?” “¿Quién dijo eso?” “¿Le diste en la cabeza?” “¡Hijos de puta! ¡Son invencibles!” Eso era lo que se escuchaba por toda la red, mojando pantalones a través de la superautopista de la información.

“¡Todos mantengan la calma!” gritó alguien. “¡Conserven las filas! ¡Desconéctense de la red!” la voz de un viejo, era obvio, pero de pronto fue ahogada por un grito, y mi en visor, y seguramente en el de todos los demás, apareció la imagen de un montón de sangre saliendo de una boca con los dientes podridos. La señal provenía de un tipo en el jardín de una casa detrás de nosotros. Los dueños seguramente dejaron algunos familiares reanimados allí encerrados cuando evacuaron el lugar. Quizá la onda de las explosiones debilitó la puerta o algo así, porque salieron en manada justo sobre aquel pobre infeliz. La cámara de su arma grabó todo el asunto, y cayó al suelo enfocando justo en el ángulo perfecto. Eran cinco, un hombre, una mujer, tres niños. Lo tenían en el suelo de espaldas, el hombre apoyado sobre su pecho, los niños agarrándolo de los brazos y tratando de morderlo a través del chaleco. La mujer le arrancó el casco, uno podía ver el terror en su cara. Nunca voy a olvidar el grito que pegó cuando le arrancó el labio inferior de un mordisco. “¡Están detrás!” gritó alguien más. “¡Están saliendo de las casas! ¡Las líneas no funcionan! ¡Están en todas partes!” De pronto la imagen se apagó, alguien arriba la interrumpió, y la voz, la voz del viejo, regresó… “¡Desconéctense de la red!” nos ordenó, haciendo un gran esfuerzo por sonar tranquilo, y luego la señal desapareció.

Estoy seguro de que debió tomarles más de unos segundos, tenía que ser así, incluso si estaban justo sobre nuestras cabezas, pero pareció que justo al mismo tiempo que nos cortaron la comunicación, el cielo se llenó con el rugido de los JSFs. No alcancé a ver cuando liberaron su carga. Yo estaba en el fondo de mi trinchera maldiciendo al ejército y a Dios, y a mis propias manos por no haberla cavado más profunda. La tierra tembló y el cielo se oscureció. Había escombros por todos lados, tierra y cenizas, y mierda en llamas volando sobre mi cabeza. Sentí algo que chocó contra mi espalda, algo blando y pesado. Me di la vuelta. Era una cabeza y un torso, achicharrado y echando humo, ¡y todavía tratando de morderme! Lo alejé de una patada y salí corriendo de mi agujero apenas unos segundos después de la última JSOW.

Me encontré con una nube de humo negro en el lugar donde había estado la horda. La autopista, las casas, todo estaba cubierto por esta nube de oscuridad. Recuerdo que ví a otros tipos saliendo de sus trincheras, asomándose por las trampillas de los tanques y los Bradleys, todos mirando hacia esa oscuridad. Hubo un silencio, una calma que, al menos en mi mente, duró por horas.

Pero entonces salieron, ¡de entre el humo, como la maldita pesadilla de algún niño! Algunos humeaban, otros todavía estaban ardiendo… algunos de ellos caminaban, otros se arrastraban, algunos sólo se retorcían sobre sus panzas abiertas sin piernas… quizá uno de cada veinte seguía moviéndose, lo que dejaba… mierda… ¿unos dos mil? Y detrás de ellos, mezclándose entre sus filas y avanzando constantemente hacia nosotros, ¡los millones que el ataque aéreo ni siquiera había tocado!

Allí fue cuando la línea colapsó. No lo recuerdo todo claramente. Lo veo como una serie de fotografías: gente corriendo, soldados, reporteros. Recuerdo a un reportero con un mostacho tipo Sam Bigotes sacando una Beretta de su chaqueta justo antes que tres Gs en llamas lo derribaran… Recuerdo a un tipo que abrió a la fuerza la puerta de una camioneta del noticiero, saltó adentro, echó a la calle a una bonita reportera rubia y trató de alejarse, pero un tanque los aplastó a los dos. Dos helicópteros de las noticias se chocaron en el aire, bañándonos con su propia lluvia de acero. El piloto de uno de los Comanches… un valiente hijo de puta… trató de barrer con su rotor la ola de Gs que se nos venía encima. La hoja abrió un surco entre aquella masa antes de atascarse contra un auto y arrojar todo el helicóptero contra la estación del A&P. Disparos… disparos al azar… un bala me pegó en el esternón, en el centro del chaleco antibalas. Sentí como si chocara corriendo contra un muro, aunque no me estaba moviendo. Me tiró al suelo, casi no podía respirar, y justo en ese momento a algún idiota se le ocurrió lanzar una granada aturdidora justo frente a mí.

El mundo se volvió todo blanco, me silbaban los oídos. Me congelé… Unas manos me agarraron, me cogieron por los brazos. Comencé a patear y a dar puños, mi entrepierna estaba mojada y caliente. Grité pero no podía oír ni mi propia voz. Más manos, mucho más fuertes, estaban tratando de arrastrarme a alguna parte. Pateé, me retorcí, grité, lloré… de pronto un puño me pegó de lleno en la mandíbula. No me noqueó, pero me relajé de inmediato. Eran mis compañeros. Zack no pega puños. Me llevaron hasta el Bradley más cercano. Había recuperado mi visión lo suficiente como para ver la línea de luz que desaparecía al cerrarse la puerta.

[Todd saca otro Q, pero de pronto se arrepiente.]

Yo sé que a los “historiadores profesionales” les gusta decir que Yonkers fue una “falla catastrófica de la maquinaria militar moderna,” que comprobó ese adagio de que los ejércitos aprenden cómo combatir en una guerra sólo cuando ya está comenzando la siguiente. En lo personal, creo que no tienen ni puta idea. Claro, no estábamos bien preparados, nuestro equipo, nuestro entrenamiento, todo lo que le acabo de decir, todo fue una metida de patas de primera. Pero el arma que más falló no fue ninguna de las que salen de las líneas de producción. Es una tan vieja como… no sé, supongo que tan vieja como la guerra misma. Es el miedo, amigo, sólo el miedo; y uno no tiene que ser el maldito Sun Tzu para saber que la guerra no se gana matando o lastimando al del otro lado, se gana metiéndole miedo hasta que decida que no quiere seguir peleando. Destruir sus espíritus, eso es lo que intenta todo buen ejército, desde la pintura en la cara hasta el “blitzkrieg” y hasta… ¿Cómo fue que llamamos al primer ataque de la Segunda Guerra del Golfo? ¿“Sorpresa y Temor”? ¡Un nombre perfecto, “Sorpresa y Temor”! ¿Pero qué pasa si el enemigo no puede ser sorprendido y atemorizado? No porque no quieran, ¡sino que biológicamente no se puede hacer! Eso fue lo que pasó ese día en las afueras de Nueva York, esa fue la falla que casi nos cuesta toda la maldita guerra. El hecho de que no pudimos sorprender y atemorizar Zack se devolvió como un boomerang y nos pegó en la cara, ¡y permitió que Zack nos sorprendiera y nos atemorizara a nosotros! ¡Ellos no sienten miedo! ¡Sin importar lo que hagamos, sin importar a cuántos matemos, ellos nunca, nunca van a tener miedo!

Se suponía que Yonkers sería el momento en que le devolveríamos la esperanza al pueblo de Norteamérica, y en vez de eso, prácticamente les dijimos que podían despedirse y morirse. De no ser por el Plan Sudafricano, todos nosotros estaríamos cojeando y gimiendo en este momento.

Lo último que recuerdo fue que el Bradley salió volando como si fuera un carrito de juguete. No sé dónde cayó la bomba, pero estoy seguro de que fue cerca. Si hubiese estado parado allí afuera cuando cayó, expuesto, no estaría contando en cuento aquí hoy.

¿Alguna vez ha visto los efectos de una bomba termobárica? ¿Alguna vez se lo ha preguntado a alguien con estrellas doradas en los hombros? Le apuesto mis bolas a que nunca le van a contar toda la verdad. Le van a decir sobre el calor y la presión, la bola de fuego que se sigue expandiendo sin parar, explotando, y literalmente aplastando y quemando todo lo que encuentra en su camino. Calor y presión, eso es lo que quiere decir la palabra termobárico. ¿Suena bastante mal, no? Lo que nadie le vá a contar es lo que pasa justo después, cuando el vacío creado por la bola de fuego se contrae. Cualquiera que haya quedado vivo sentirá que el aire se le sale de los pulmones, o —y esto nunca lo van a admitir frente a nadie— se le saldrán los pulmones por la boca. Por supuesto, nadie vá a quedar vivo para contarle una historia de horror de esas, y quizá por eso el Pentágono ha tenido tanto éxito en cubrir la verdad, pero si alguna vez vé a alguien con una foto de un G, o un espécimen en vivo y en directo, con las bolsas de aire y las tuberías colgándole de la boca abierta mientras camina, asegúrese de darles mi número. Siempre estoy dispuesto para hablar con otro veterano de Yonkers.

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Bueno, es todo por hoy. Cuídense.

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